Aún recuerdo cuándo fue la última vez que nos vimos. Tú volvías de alguno de esos lugares tan tuyos, llenos de misterio y enigmas, los que te enloquecen, con ese abrigo de otoño verde que tanto me gustaba, tan propio para los días de lluvia. Yo volvía pisando los charcos como un crío, ingenuo a lo que me esperaba. Nuestras miradas se clavaron y nos quedamos petrificados sin saber qué decir, como el que veía un fantasma, hasta que arrancamos unas palabras que rompieron el hielo. He de admitir que después del día lluvioso que llevábamos, horrible, esas palabras tuyas me recorrieron el cuerpo de dentro a fuera como una especie de hálito caliente que resultó melancólico pero familiar.
Me contaste que te iba bien, que habías conocido a alguien con el que estabas feliz, aunque ibas con cautela para no caer en los mismos errores. Yo, como un adolescente celoso, te dije, mientras me encogía por dentro, que en mi vida también había entrado alguien con la que me encantaba pasar las horas muertas. Nada más lejos de la realidad pues tú siempre habías sido quien más calor me daba en los días de tormenta. En ese momento recuerdo que de mi interior salió un instinto cariñoso, nostálgico, que llevó a mis ojos a recorrer cada parte de tu cuerpo, cada recoveco de tu piel por el que un día se aventuraron mis dedos, cada parte de ti que surcaron mis labios. Estabas increíble. La sonrisa más perfecta que había visto en mucho tiempo. Tus pómulos, tus ojos, tu pícara nariz... estabas como nunca. Como siempre pero como nunca... Eras la princesa que todos querríamos tener en nuestra vida, a la que mimar, a la que querer... Cualquiera caería rendido ante esa imagen, y yo no fui menos... Tu cálida mirada me envolvió tanto que me tomé el privilegio de acurrucarme un tiempo bajo tus pupilas. Y soñé con volver a ser por el que morirías, por el que darías cada minuto de tu día, por el que te acostarías y te levantarías sonriendo. Aquel con el que desearías dormir abrazada y sentir cerca. Aquel del que presumir ante tus amigas... Soñé que volvías hacia mí de nuevo pero cuanto más soñaba más me daba cuenta de que te alejabas poco a poco de mí, que tu mirada se enfriaba y tus labios rojos sacaban sus espinas. La realidad me abatió y me di cuenta de que me mirabas atónita, incrédula por la cara de pánfilo que tendría, porque para mí únicamente habían sido segundos los que me quedé en ti, se me paró el tiempo mientras me colaba por tu cuerpo... Y de repente, como quien entrega todo su ser sin pensar, me regalaste una sonrisa de cariño que aún inflama mi corazón al recordarla. Yo, obviamente abatido puesto que no me lo esperaba, lo único que pude balbucear fue un "qué tal" muy disperso, algo extrañamente coherente, pero que tú me respondiste con un abrazo que me devolvió a nuestro momento."Tengo que irme, que voy con prisa. Me alegro de haberte visto y espero que todo te vaya bien." Y te vi marchar hasta donde mis ojos alcanzaban y supe que nos volveríamos a encontrar, que tú eras mi destino y que haría lo que fuera para volver a ti.
Y me quedé frío por dentro y a la vez sentía aún tu calor...
Guardé tus dos besos como rehenes, por cierto, así que si aún me lees y si los quieres recuperar, la única condición que te pongo para cuando vengas a por ellos es que no le pongas trabas al destino, que del resto me encargo yo.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
domingo, 7 de octubre de 2012
Cien noches
He dormido más de cien noches en la misma cama fría desde que te sentí marchar y todavía siento tu ausencia recorriendo cadavérica toda esta estancia. Escucho entre los muebles el eco de las últimas palabras que salieron de tus labios y que hoy, después de más de cien frías noches, se me clavan como nunca en lo más profundo de mí. Me siento impotente y frustrado cuando te veo y me sigo preguntando si entonces hice bien, si esto es tal y como debía suceder o si me he bañado en aguas que no me pertenecen. La verdad es que yo sigo sintiendo que necesito encontrarte de nuevo, esta vez con mejor cara, y volver a demostrarte lo que puedo llegar a ser. Me encantaría que llenaras el vacío de mis sábanas y de mis noches; sentarnos en el salón a navegar y divagar, a reencontrarnos con lo que tanto tiempo hemos estado buscando, tanto tú como yo, y fundirnos en un abrazo del que no salir en muchos años. Porque dejaron ese hueco en mi interior que lo único que ha servido para taparlo ha sido un poco de morralla farfullera, farándula estrafalaria, extravagancia esperpéntica y un poco de humor.
Y ahora vuelves y despiertas ese deseo irracional de tenerte cerca de mí, en mi casa, en mi cabeza, en mi cama. Y yo loco, con unas ganas tremendas de ser tuyo, me doy de bruces contra el muro del rechazo, que, con sigilo se acercaba sin ser visto. ¿Y qué quieres que haga?¡Soy un romántico! ¡Tengo un blog donde escribo sobre mí!, ¡sobre ti!, ¡sobre los dos!. Donde me cuento a mi mismo por enésima vez las ganas que tengo de volver a verte, de volver a hacerte sonreír, de volver a oler tu cada vez diferente perfume. Las ganas que tengo de que me dejes solo, de olvidarte, de que se marchen esos cuervos fantasmagóricos y tu espíritu que divaga por las noches en mi habitación. Las ganas que tengo de encontrarte, de poder volver a ser yo, de entregarme a un viento cálido, de sobrevolar tu mente y llevarte de aquí a allá a que disfrutemos, a que seamos felices. De ser únicos, como los demás. De que tengamos días de rosas y nos bebamos el vino. De que el contador de noches volviera a ponerse en cero y le faltaran dígitos para contar las que pasamos juntos.
Y si solo te pudiera pedir una cosa después de más de cien noches lejos de ti, sería que volvieses, que te quiero aquí, conmigo, a mi lado, para siempre.
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