sábado, 4 de febrero de 2012

Best thing I never had.


Hubo una época en la que todos reconocíamos a primera vista la felicidad. Esos momentos en los que salían sonrisas hasta de debajo de las piedras. Cuando llovía y era necesario salir a la calle para mojarse. Todos olvidábamos los paraguas al mismo tiempo. Vestíamos de colores alegres: verde, amarillo, rojo y nos presentábamos diciendo “Hola, yo bien, ¿qué tal tú?”. Incluso nuestras conversaciones comenzaban con palabras infinitas que llenaban la pantalla de una  misma grafía. Hace no mucho tiempo, incluso hay algunos afortunados que todavía, dormíamos cada noche como cuando éramos pequeños. Nos atrevíamos a decir que estábamos contentos y a calificar nuestro corazón de dichoso. Es más, a veces decíamos que estábamos enamorados. Decir que uno está enamorado lleva consigo una masificación de felicidad que es propio de los niños más niños. Salíamos a la calle y sobre Madrid había una nube de inocencia que entraba por nuestros dos pulmones y salía por la nariz dejándola más que limpia. Queridos, hubo un tiempo en el que el cielo era del color del que nosotros queríamos pintarlo y los días se acomodaban a nuestras necesidades. Las noches eran estrelladas según nuestro nivel de locura; si realmente los estrellados éramos nosotros, el cielo estaba más oscuro que nunca, pero si en todo el día no habíamos hecho nada que nos demostrase lo idos que estábamos, la noche estaba pigmentada de caóticas bombillas. Era gracioso mirarse unos a otros y ver hoyuelos en todas las caras. Ver algodones de marfil detrás de cada labio era algo típico de cada día. Incluso era divertido quedar con los amigos y perder la tarde entre carcajadas, exhalaciones y dolores de barriga.

Ahora sales a la calle y te encuentras que Madrid está más contaminada que nunca. Que toda la inocencia que se respiraba ha degenerado en una hipocresía que hasta las ratas repugnan. Vayas por donde vayas nadie es lo que aparenta ser. Somos nubes observadas por los demás, que se dedican a adivinar la forma y figura que tenemos. Nos califican de burros, cerdos, e incluso cuervos. Somos alimento de nuestra propia prole. Somos prole de nuestra propia carroña. Somos desecho, basura, despojos. Despojos de una historia que ha pasado por cada una de las sociedades que decrecen en valores. Somos apaños de una intrahistoria que intentamos grapar con grapadoras oxidadas. Es detestable cruzarte con autómatas que son educados en la cortesía más descortés y la elocuencia más envenenada. Detesto cruzarme con aquellos que dicen ser vestigios de tiempos en los que la luna era blanca y el sol se alzaba rojo. Me asquea dirigir la mirada o la palabra a aquellos que dicen vivir la mejor de las vidas. Estoicos, escépticos y cínicos abundan dentro de cada cubo de basura.  Apáticos, conformistas y desconocidos dicen vivir la vida sin realmente aceptarla. Es triste mirar a los demás a los ojos y descubrir que las cuencas están vacías. Que ya ni siquiera el blanco de los ojos nos iguala. Que incluso el cielo se corta en cada uno de nosotros porque odia unir a la gente que pretende dejar de ser nube para ser estrella. Madrid se ha convertido en un monte de  ánimas becqueriano.

Me da pena pensar que nos toca vivir un tiempo tan miserable que  la única felicidad que nos queda es la impresión al recordar una época en la que la gente se cuantificaba por su valor moral y no por su utilidad económica, anímica, o sexual.

viernes, 3 de febrero de 2012

Días de vino y tardes de garrafón.


Después de todo lo que ha vivido llega un momento en el que  se ha acostumbrado a vivir con un hueco en su alma. Desde que era bastante pequeño camina con una carga que nadie intuiría y que muy poca gente conoce. Una de las carcomidas columnas de madera que cimientan su vida. Esta especialmente, carcomida por las termitas del alcohol, que todo lo destruyen y todo lo devoran.  Ha sido machacado constantemente por los efectos perjudiciales de los grados de las botellas que destrozaban una a una sus ilusiones y apagaban poco a poco su voz. Ha visto tantas cosas que, desde el primer día que lo comprendió todo, decidió que era mejor callarse y limpiar los trapos sucios en casa. Jueves tras jueves, viernes tras viernes, día tras día, entraba por la puerta de su casa el mismo hedor a colonia que embriagaba todo el ambiente y traía consigo resquicios de palabras que salían de la boca a duras penas. A duras penas podía saber de dónde venía. Lo podía intuir, pero lo único que sacaba seguro era que había estado en compañía de una botella, ni siquiera se aseguraba el vaso. Era aterrador estar en la cama y oír el zigzag en la escalera. Miedo, probablemente todo por miedo.

 Es tanto lo que ha tenido que observar y tragar que su corazón es delicia grouyé de los ratones. Lo que más le dolía era que al día siguiente nunca pasaba nada. Y últimamente todo empezaba a degenerar cada vez más. El trabajo era algo extraordinario, quedarse en la cama resultaba más placentero. Los días de horas largas, noches cerradas y madrugadas vespertinas se sucedían cada vez con más frecuencia, como si el hígado le pidiera a gritos que le matara a cirrosis, como si la garganta le suplicara un trago más. Creo que hace mucho tiempo que dejó de dormir con la conciencia tranquila. Incluso ahora sus pulmones se alineaban con el resto de sus órganos en dirección contraria a la vida. Nunca se le pudo nombrar la palabra problema. Como si de un niño se tratara argumentaba su modo de vida diciendo que era así y que para qué iba a cambiar. Resulta que le gustaba ser el protagonista al entrar por la puerta con la cara roja y la lengua ardiendo. Parece ser que le encantaba llegar al totalitarismo independiente de su casa y soltar todo lo que había tragado. Era feliz por las tardes y odiaba enérgicamente las mañanas.

Probablemente haya perdido las ganas de vivir. Puede que este mundo en el que todos nos vamos difuminando poco a poco esté consiguiendo acabar con él de una manera más rápida. A mí personalmente me da pena ver cómo la humanidad de una persona, la que hemos conseguido después de tantos millones de años de evolución, se pierda entre días de vino y tardes de garrafón.