Crecemos sin saber la relevancia que tendrán las cosas con las que convivimos hasta que es demasiado tarde.
Te sigo echando de menos después de tanto tiempo.
Yo te tuve, o te pude tener, o más bien me tuviste. Y hoy te echo de menos porque ninguno llegamos a tenernos. Porque tú fuiste quien me enseñaste a ser como desgraciadamente soy; el ángel negro que se cruzó en mi camino y que mantengo en la memoria, y en el corazón, como una espina clavada. Y si volviera atrás te aseguro que cometería el mismo error de quedarme con tu esencia, de soñar ilusamente con un futuro imposible e imaginarte al otro lado sonriendo como una tonta. Tú fuiste la que me enseñaste a rechazarlos a todos y a descubrirlos primero. Tú fuiste quien me dio la primera patada y por quien recibí la segunda. Y todavía hoy, de vez en cuando, me atrevo a echarte de menos. Quedar para hacernos unas simplonas fotos de las que luego ni nos acordábamos. Desayunar, merendar... Tu casa, la mía... Tampoco te pido que vuelvas porque creo que una parte de mí te sigue odiando, pero no estaría mal que de vez en cuando, ya que te pasas por mi memoria, te pasaras por mi lado, nos tomáramos algo, saber de ti, qué tal te va, y reírnos como solíamos hacer, pues al fin y al cabo tú eres la que sacó tanto de mí que hasta te llegué a tener y lo llegaste a temer. Y sufrí porque ni siquiera fuiste capaz de decirme adiós. Solo dejaste tu estela, que me duró durante bastante tiempo y que me acompañaba donde tú y yo solíamos quedar, por no sentirme del todo solo y por llevar mejor tu ausencia. Pero era tu estela, estaba tan envenenada como tú y realmente hacía más mal que bien.
¿Que si estuve enamorado de ti? Pues no te sabría decir... tal vez sí o tal vez no. Te veía y me sentía a gusto con todo pero no con todos. Hablaba contigo y no había nadie más durante intervalos de cinco minutos. Me cansaba, o te cansaba, o más bien nos cansábamos mutuamente. Incluso dormía contigo cuando no podía solo por el mero hecho de pasar el tiempo juntos. Luego me arrepentía pero con una sonrisa. Supongo que por eso te sigo echando de menos. Al fin y al cabo, aunque me hayas hecho lo que me hiciste, y dos veces, y haber sufrido por ti lo que sufrí, tú eres mi creadora, la que dio vida a estas manos que hoy plasman nuestra historia.
Otra de esas historias para recordar.
domingo, 26 de agosto de 2012
lunes, 23 de julio de 2012
Un lugar para recordar
Y el tiempo pasa y nosotros nos quedamos en la historia no escrita de nuestras vidas, viendo pasar a los que caminan cerca de nosotros y esperando toparnos con quien caminará a nuestro lado.
Se tornaron afiladas las rocas cuando me di cuenta de que eras una simple caminante más, que tus pasos al lado de los míos no eran más que huellas de quien pasó antes por ahí, y yo sin embargo fui incapaz de percibirlo. Me imaginé que me dabas la mano y nos quitábamos de preocupantes destinos. Que me agarrabas cuando me tropezaba y que me avisabas de los peligros que pudiera haber en el camino... Sin embargo, eras una pasajera más. Otro de tantos de quienes solo se recuerda la fría sombra de una espalda que se pierde entre la gente para no volver más que a la memoria, más que al recuerdo maldito de la maldición de recordar. Y después de aquello me atormentó todo el resto de la historia. Cuando caminaba cerca de alguien y oía sus pasos tan próximos a los míos que prácticamente los podía sentir, percibía tu figura a mi lado, como el que espera lo imposible, como el que sufre de amor. Y por miedo a descubrir lo lúgubre de mi soledad ni siquiera me atrevía a girarme... Se me hacía muy difícil reconocer la verdad, que tú ya no estabas, que me había vuelto a equivocar y que todavía me quedaba mucho camino por delante. Y de vez en cuando preguntaba por ti a quien me encontraba, por si te habían visto, por cómo te iba por ahí delante... Si te habías enamorado o seguías andando sola como yo, a la espera de que tus pasos dejaran de estar solos; si aún , después de todo, reconocías mis huellas a tu lado... Y me atormentaba intentando descubrirte entre las cabezas de los que iban por delante de mí. Pero lo peor de todo lo traían las noches frías por tu ausencia, cuando más de menos echaba el calor que me dabas. Cuando imaginaba anhelante sentir tus manos compañeras por la espalda en un gesto de cariño infinito que me resguardaba del frío interno y que me prometían un día mejor y una noche perfecta. Cuando mirara a donde mirase encontraba compañía al sentir el calor de tu cuerpo y el perfume de tus palabras que embriagaban mis oídos. -Estoy aquí, a tu lado- y las estrellas, testigos del camino, se sobrecogían.
Y de repente te fuiste y me dejaste con las inmensas ganas de vivir un paseo inolvidable; una historia que hoy cuento con un nudo en la garganta y con el baúl de la memoria donde encerraba tus recuerdos abierto. Una historia que se queda en el lugar que le corresponde, un lugar para recordar.
Se tornaron afiladas las rocas cuando me di cuenta de que eras una simple caminante más, que tus pasos al lado de los míos no eran más que huellas de quien pasó antes por ahí, y yo sin embargo fui incapaz de percibirlo. Me imaginé que me dabas la mano y nos quitábamos de preocupantes destinos. Que me agarrabas cuando me tropezaba y que me avisabas de los peligros que pudiera haber en el camino... Sin embargo, eras una pasajera más. Otro de tantos de quienes solo se recuerda la fría sombra de una espalda que se pierde entre la gente para no volver más que a la memoria, más que al recuerdo maldito de la maldición de recordar. Y después de aquello me atormentó todo el resto de la historia. Cuando caminaba cerca de alguien y oía sus pasos tan próximos a los míos que prácticamente los podía sentir, percibía tu figura a mi lado, como el que espera lo imposible, como el que sufre de amor. Y por miedo a descubrir lo lúgubre de mi soledad ni siquiera me atrevía a girarme... Se me hacía muy difícil reconocer la verdad, que tú ya no estabas, que me había vuelto a equivocar y que todavía me quedaba mucho camino por delante. Y de vez en cuando preguntaba por ti a quien me encontraba, por si te habían visto, por cómo te iba por ahí delante... Si te habías enamorado o seguías andando sola como yo, a la espera de que tus pasos dejaran de estar solos; si aún , después de todo, reconocías mis huellas a tu lado... Y me atormentaba intentando descubrirte entre las cabezas de los que iban por delante de mí. Pero lo peor de todo lo traían las noches frías por tu ausencia, cuando más de menos echaba el calor que me dabas. Cuando imaginaba anhelante sentir tus manos compañeras por la espalda en un gesto de cariño infinito que me resguardaba del frío interno y que me prometían un día mejor y una noche perfecta. Cuando mirara a donde mirase encontraba compañía al sentir el calor de tu cuerpo y el perfume de tus palabras que embriagaban mis oídos. -Estoy aquí, a tu lado- y las estrellas, testigos del camino, se sobrecogían.
Y de repente te fuiste y me dejaste con las inmensas ganas de vivir un paseo inolvidable; una historia que hoy cuento con un nudo en la garganta y con el baúl de la memoria donde encerraba tus recuerdos abierto. Una historia que se queda en el lugar que le corresponde, un lugar para recordar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)