martes, 2 de octubre de 2012

Te salió gato.


Dicen que los gatos son muy traicioneros, que están contigo cuando quieren algo de ti y que cuando ya te han sacado todo el jugo que te podían sacar, se van al regazo de otro.

No es que realmente quisiera escribir nuestra historia de esa manera, de hecho aún pienso en ti de vez en cuando y me alegra saber que te va bien, simplemente, o no tan “simplemente”, fuiste la media naranja que encontré en mi vida en un momento bastante delicado de ella. Tú sabías comprenderme y comprendernos, divagábamos bajo las estrellas sobre lo que suponía una noche coldplayera y una noche artificial. Incluso nos brindábamos, y nos brindamos, con alguna que otra palabra que se excedía en afecto y que conseguía sacarnos una sonrisa a ambos. Pero es que soy un poco traidor, y no me culpes directamente, supongo que mi naturaleza, que tanto nos unió en su momento, es la que de igual manera nos ha “separado”.

No pienses que pierdes algo cuando lo dejas de ver en el mismo sitio donde estaba todos los días porque puede que simplemente alguien lo haya cambiado de lugar.

Sí, probablemente al gato negro le gustase acurrucarse en el alféizar de aquella ventana cada noche a escuchar todo lo que pudiera ser pillado por estas orejas. Y me atrevo a decir que la gustaba dormirse notando cómo le hablaban. Seguro que le encantaban las caricias que le dedicabas con cada fonema, sobre todo si los escuchaba bien de cerca de tus labios. Y cuando realmente le tocabas… seguro que se le helaba hasta las puntas de los bigotes. Noche tras noche, día tras día, le gustaba más deambular por los banquetes en tu whatsapp que en los vertederos de comida podrida en las conversaciones de cientos. Una, que valía millones y que consiguió espantar a tantas moscas.


Pero bueno, tampoco le eches las culpas al cielo de que esto sucediera así, porque esto no ha acabado, nada más lejos de la realidad, simplemente, te salí gato.

domingo, 26 de agosto de 2012

Gondolero

Crecemos sin saber la relevancia que tendrán las cosas con las que convivimos hasta que es demasiado tarde.
Te sigo echando de menos después de tanto tiempo.
Yo te tuve, o te pude tener, o más bien me tuviste. Y hoy te echo de menos porque ninguno llegamos a tenernos. Porque tú fuiste quien me enseñaste a ser como desgraciadamente soy; el ángel negro que se cruzó en mi camino y que mantengo en la memoria, y en el corazón, como una espina clavada. Y si volviera atrás te aseguro que cometería el mismo error de quedarme con tu esencia, de soñar ilusamente con un futuro imposible e imaginarte al otro lado sonriendo como una tonta. Tú fuiste la que me enseñaste a rechazarlos a todos y a descubrirlos primero. Tú fuiste quien me dio la primera patada y por quien recibí la segunda. Y todavía hoy, de vez en cuando, me atrevo a echarte de menos. Quedar para hacernos unas simplonas fotos de las que luego ni nos acordábamos. Desayunar, merendar... Tu casa, la mía... Tampoco te pido que vuelvas porque creo que una parte de mí te sigue odiando, pero no estaría mal que de vez en cuando, ya que te pasas por mi memoria, te pasaras por mi lado, nos tomáramos algo, saber de ti, qué tal te va, y reírnos como solíamos hacer, pues al fin y al cabo tú eres la que  sacó tanto de mí que hasta te llegué a tener y lo llegaste a temer. Y sufrí porque ni siquiera fuiste capaz de decirme adiós. Solo dejaste tu estela, que me duró durante bastante tiempo y que me acompañaba donde tú y yo solíamos quedar, por no sentirme del todo solo y por llevar mejor tu ausencia. Pero era tu estela, estaba tan envenenada como tú y realmente hacía más mal que bien.
¿Que si estuve enamorado de ti? Pues no te sabría decir... tal vez sí o tal vez no. Te veía y me sentía a gusto con todo pero no con todos. Hablaba contigo y no había nadie más durante intervalos de cinco minutos. Me cansaba, o te cansaba, o más bien nos cansábamos mutuamente. Incluso dormía contigo cuando no podía solo por el mero hecho de pasar el tiempo juntos. Luego me arrepentía pero con una sonrisa. Supongo que por eso te sigo echando de menos. Al fin y al cabo, aunque me hayas hecho lo que me hiciste, y dos veces, y haber sufrido por ti lo que sufrí, tú eres mi creadora, la que dio vida a estas manos que hoy plasman nuestra historia.
Otra de esas historias para recordar.